Mes: mayo 2020

    La Línea del horizonte

    Había una vez un hombre tan inteligente que apenas podía entender el sentido de la vida. Lo lamentable es que su insatisfacción no le dejaba dormir y leía mucho. Se pasaba el día consultando gruesos tomos de ciencias y filosofía y tomaba notas que después desechaba porque nada llenaba su angustia y había abandonado su oficio de armador de botes.

    Durante el día dibujaba a tinta china todo lo que podía recordar de sus viajes por el mundo. Apilaba cuadernos y blocks con dibujos de caminos, playas, edificios modernos y fortalezas abandonadas. Nunca dibujaba plantas ni animales, no solo porque le exigían destrezas artísticas más singulares, sino porque no le llamaba la atención el movimiento. Desde pequeño observaba complacido las formas continuas y estáticas  de las calles. Aborrecía esos movimientos artísticos que interpretaban la realidad inerte y mientras todos aplaudían el movimiento, él se refugiaba en la línea y el horizonte. Estudió durante años la perspectiva y escribió textos apologéticos sobre el punto de fuga que nadie leía. Al final poco le importaba porque él no escribía para otros.

    Un día conoció a un niño que también dibujaba a tinta china, solo que no eran trazos negros sobre papel celulosa, sino que la tinta era de color sanguina. Le llamó la atención sus dibujos sin movimiento, pero bellos desde su punto de vista.

    Lo conoció por casualidad en una biblioteca abandonada del pueblo. Él iba a buscar un libro antiguo de Charles Davies:  “Elements of descriptive geometry with their application to spherical trigonometry, spherical projections and warped surfaces” porque estaba interesado en profundizar sus conocimientos sobre el sistema diedro. Intuía que la belleza podría ser el resultado geométrico de proyecciones exactas de la realidad, pero le faltaban argumentos.

    El niño se encontraba en esa biblioteca y se portaba de manera muy familiar y hasta previsible para su gusto. Pudo observar sus manos pequeñas trazando líneas de arriba hacia abajo con mucha destreza, punteando y acotando con la pluma. De vez en cuando el pequeño dibujante se detenía y echaba una mirada como si fuera dueño de un punto de fuga particular y en ese ejercicio sonreía de vez en cuando, cosa extraña y hasta discordante con lo que hacía.

    -¿A quién se le ocurre sonreír mientras busca la perfección de un trazo? Se preguntaba.

    Para no interrumpirlo se situó lejos de la mesa del niño y empezó a hojear “Elements of descriptive geometry… el libro se había escrito en 1889 y los términos que encontró en ese tratado eran ciertamente complejos, pero no por ello incomprensibles.

    • Linea del horizonte,  escuchó de la voz infantil de su compañero

    Levantó la mirada sorprendido y afectado porque no esperaba que ese niño se atreviera a hablarle.

    • ¿Qué dices? Le increpó
    • Linea del horizonte, no confies en la línea del horizonte

    El hombre, más sorprendido que la primera vez, se disponía a acercarse a la mesa  y de repente el niño ya no estaba, pero el dibujo que había dejado le era familiar: Una línea horizontal dividía las tres cuartas partes de una hoja y un semicírculo que podría ser una puesta de sol o una naranja partida por la mitad sobre la línea contínua partía en mitad lo dibujado. El punto central del semicírculo era equidistante y sobre él, una palabra rompía la coherencia del espacio en blanco: MIRROR.

    El hombre cogió la hoja, la dobló y la guardó en su bolsillo. Luego se dirigió a su mesa y terminó de hojear “Elements of descriptive geometry… y se dio cuenta que le faltaban más de cincuenta páginas hacia el final. A pesar de ello decidió llevarlo consigo. Salio y bajó el promontorio en donde se encontraba la antigua biblioteca. Desde la puerta se apreciaba la inmensidad del mar que bañaba las costas de su pueblo y por alguna razón sonrió al relacionar el dibujo del niño con ese escenario.  Caminó sin saludar por las estrechas calles y con el olor de la brisa marina entró a su casa pequeña en donde le aguardaban un mueble antiguo y una gran mesa de dibujo desvencijada por el uso y los años. Al fondo una estantería de madera unida en cola de milano y la cocina llena de papeles con diseños y bosquejos de naves pequeñas que evidenciaban su oficio de armador de botes para la pesca.

    Colocó el pesado “Elements of descriptive geometry… en su estantería y de uno de los cajones inferiores extrajo una lata conteniendo café turco. Encendió la estufa y mientras colocaba la cafetera sobre el fuego miró por la ventana y nuevamente el horizonte invadió su mirada. Introdujo su mano derecha en el bolsillo y extrajo el dibujo del niño de la biblioteca.

    • MIRROR, murmuró para sí. Podrían ser unas iniciales o simplemente la palabra ESPEJO, pero… ¿ESPEJO?…

    Esa noche le dedicó horas a “Elements of descriptive geometry… y conforme   avanzaba en su lectura se sentía con más argumentos para considerar la relación entre belleza y exactitud. Cerca de las primeras horas de la madrugada y después de muchas tazas de café se dispuso a escribir MIRROR y ESPEJO, lo hizo por más de diez veces leyendo en voz alta  cada vez que lo hacía.

    • Quizá hay una relación con el horizonte, pero un espejo es lo más lejano a una línea del horizonte se dijo. Porque el horizonte si bien es una línea lejana, no refleja nada solo es un límite, un límite visual…imaginario…
    •  Y un espejo, cavilaba, refleja algo limitado… un objeto, un barco, una persona y lo presenta como tal… y por qué un niño escribiría eso?

    Una vez más se detuvo a observar el dibujo y pudo advertir una letra U sobre la línea en el centro del semicírculo.

    • ¿Y esta U? será un símbolo… de UNION?
    • ESPEJO Y UNIÓN… mmm,

    Apenas unió ambas palabras recordó que alguna vez intentando resolver acertijos, encontró muchas respuestas en su diccionario de Latin Castellano de Paula y Gonzaga. Una vez más abrió el diccionario antiguo y leyó casi en voz alta:

    “La palabra espejo viene del latín speculum, formada de specio (mirar) y el sufijo instrumental culum, que encontramos en palabras como espiráculo y oráculo. Entonces, significa “instrumento de mirada”.

    • Mirar y Unir o… Donde lo que se mira se une… o mejor aún el horizonte es aquel lugar en que…

    De pronto dio un salto y como el niño de la biblioteca abandonada su mirada fue diferente.

    • “El horizonte es un lugar donde uno mira como en el espejo pero solo es un reflejo de una realidad que existe en otro lugar… o en mi… y en donde se une…¿Qué? ¿Qué se une?…
    • Se unen el mar y el cielo, pensó seriamente. Lo real y… lo eterno? En el horizonte “parece” que se unen el mar y el cielo, pero no es así… es apenas un reflejo, son como proyecciones ortogonales de una realidad…un espejo… un MIRROR!
    • Si el horizonte es un reflejo, entonces lo que se proyecta soy yo y en mi se refleja también lo eterno?…
    • Cansado de tantas interrogantes se fue a dormir con cierta tranquilidad, como si una epifanía hubiera cambiado su angustia.

    Al día siguiente el olor de la brisa marina se impregnaba en la cafetera y mientras el hombre ordenaba los libros en su estantería de cedro, le daba vueltas a una idea. Preparó su café y en un pan escondió dos pequeñas sardinas fritas, con torpeza entusiasta hizo espacio en su mesa de trabajo y se dispuso a escribir:

    “El horizonte parece ser el lugar en donde se unen lo infinito y lo perecible, lo material y el éter, sin embargo es apenas un espejo de lo que sucede en nosotros mismos. En el interior de cada persona hay, si lo permitimos, la posibilidad de ser eternos sin renunciar a nuestra corporeidad”.

    Por la ventana se veía otra vez el azul del mar a la distancia y de vez en cuando una sonrisa infantil se escuchaba celebrando el vuelo de una frágil cometa de papel y caña.

    Lectores con esperanza

    No es extraño que cuando escuchamos un podcast sobre promoción de lectura o vemos un video TED impactante sobre las ventajas de ser lector en los que se aborda el tema “cómo formar lectores”, inmediatamente concluimos sin duda que el ejemplo de unos padres lectores resulta fundamental para que una persona termine siendo un gran lector.

    El Superlector

    Harold Bloom, el crítico literario más famoso de Estados Unidos, sostiene que hay tres modos de formar un gran lector: Nuevamente cita como parte primordial la intervención de unos padres lectores, luego la influencia de unos buenos maestros lectores en la escuela y finalmente la misma persona que, apuntalado por los dos factores anteriores, decide elegir buenos libros y sobretodo aquellos que significan un reto como los libros clásicos por ejemplo.

    ¿Qué dice la calle?

    Hasta aquí todo parece lógico y para mi gusto : vertical.
    Mi experiencia como promotor de lectura desde las bibliotecas y la escuela y mi participación como mediador en espacios no convencionales con niños y adolescentes en situación adversa respecto a su seguridad y futuro; me ha relacionado con muchos jóvenes provenientes de hogares complicados donde hay ausencia de padres, que no son lectores y que ven como una pérdida de tiempo acercarse a los libros y la lectura por considerarlos poco prácticos para cubrir sus necesidades elementales. Pero tambien he conocido entre esos grupos de jóvenes grandes y expertos lectores. Y de esos lectores “a pesar de las dificultades” han resultado con el tiempo; excelentes maestros, artistas apasionados , uno que otro millonario y buenos padres de familia.
    Volviendo a lo planteado por Bloom y la opinión general de los educadores surge una duda que necesita respuestas: ¿Continúa vigente esa verticalidad formativa del lector? ¿Un niño sin padres lectores y maestros analfabetos funcionales nunca conseguirá ser un lector crítico?

    ¿Rizoma mejor que Raiz?

    Los Filósofos Gilles Deleuze y Félix Guattari “bestias pardas” de la filosofía contemporánea, por el gran trabajo de criticar pensamientos significativos de la modernidad, “filosofías representativas” les llamaron en sus estudios, y proponer estructuras filosóficas novedosas respecto a la subjetividad, al piscoanálisis de Freud, a la dualidad de lo real y lo virtual propuesto por Lacan : “Lo virtual, dice Deleuze, no se opone a lo real, sino a lo actual”, a estas alturas y con la tecnología en casa, ya nadie pone en duda esta afirmación.
    Podríamos hablar sobre Deleuze, pero mi intención es solamente proponer apenas un sencillo planteamiento “deleuziano” que hoy es aplicable en muchas actividades humanas: El rizoma.
    Si buscamos información en google sobre “rizoma” encontramos la siguiente: “En biología, un rizoma es un tallo subterráneo con varias yemas que crecen de forma horizontal emitiendo raíces y brotes herbáceos de sus nudos. Los rizomas crecen indefinidamente”. Bien el concepto es muy facil de imaginar y más aun si pensamos en todos aquellos bulbos y tubérculos que surgen a la vida con este modelo totalmente diferente a la raiz de un pino por nombrar un árbol. Los rizomas son horizontales y tienen muchos puntos o raices que se interconectan y proporcionan crecimiento; mientras que en el árbol vertical una raíz solo produce un modelo de crecimiento hacia arriba.
    Con la lectura sucede algo más parecido al rizoma de Deleuze, sin menospreciar la verticalidad de un árbol que da sombra. Las sociedades hoy se interconectan por redes, aprenden en redes y cometen errores por redes. Quizás este rizoma es la solución a esos grupos de niños y jóvenes que esperan, a pesar del deterioro familiar o la baja calidad educativa de sus escuelas, uno o más mediadores de lectura que utilizando la tecnología o la intervención presencial desde diferentes puntos, propongan prácticas vinculadas a la lectura y la escritura y con el tiempo cosechar no solo lectores expertos, sino ciudadanos informados y mejores personas: sensibles, solidarias y por qué no; mejores líderes de gobierno.