Mes: junio 2020

    Música y lecturas

    A pesar que el título resulte obvio, sin embargo no escribiré un ensayo sostenido sobre la maravillosa relación entre literatura y música como el “sumum” de la estética, o de la feliz “simbiosis” entre ambas. Muchos escritores e intelectuales que conozco podrían argumentar de forma extraordinaria y precisa un tema tan amplio como éste. Lo mio es más simple que eso, les contaré una experiencia personal en mi trabajo de mediador de lectura que espero se animen a utilizarlas si les parece oportuno.

    Hoy quería escribirles sobre ese encuentro entre libros y música que procuro fomentar en mis prácticas de mediación lectora y de paso aportar alguna estrategia que intentaré recomendar porque comprobé que resultaron efectivas con futuros lectores. Se inició hace muchos años, como un juego, cuando cursaba la secundaria y me ayudó a disfrutar de novelas y poesía que hasta hoy llevo en mi memoria. La estrategia podríamos llamarla: Un libro – una canción. Por esos años me resultaba complicado terminar un libro o “ponerle ganas” como me decía uno de mis profesores de Literatura, hasta que accidentalmente escuhé en la radio una canción mientras intentaba leer “Cien años de Soledad”: “Macondo”, era una cumbia que por esa época se bailaba en las fiestas familiares y en los bailes sociales ; como toda cumbia colombiana era pegajosa y la letra sorprendentemente era una especie de reseña de aquello que yo estaba leyendo. A partir de ese momento cada vez que leía Cien años de Soledad intentaba recordar “Macondo” y hasta llevaba el ritmo. Algo similar me sucedió con Ana Karenina y el Conde Bronsky : no podía dejar de imaginarme los bailes espectaculares que Tolstoi describe en su novela y ahora que lo recuerdo, me llevó a desemplovar viejos discos de valses vieneses y música clásica en vinilo que mi padre escondía, no por considerarlos valiosos, sino porque prefería mostrar a sus amigos los últimos hits bailables o los tangos argentinos de Hugo del Carril o de dramáticas interpretaciones del “El Polaco” Goyeneche. Con el tiempo fui relacionando una novela o una poesía con una canción. Arguedas inspiraba un huayno melancólico y Vallejo un vals de la guardia vieja cantada por Roberto Tello, un tipo que conseguía cantar los valses peruanos con actitud porteña. No se por qué a Vargas Llosa nunca lo relacioné con una canción, a pesar que en “Conversación en la Catedral” proponía escuchar un mambo de Perez Prado. No tuve un orden en cuanto a mis lecturas, leía aquello que me sugerían o exigían en el colegio. Por aquellos tiempos me llamaba mucho la atención Julio Verne. “Flash” de Queen estaba reservada para “De la Tierra a la Luna” o “Veinte mil legua de Viaje submarino”. A Dickens siempre lo acompañé con música de Morricone, hasta que descubría a Alan Parsons Project y entonces imaginaba a Oliver Twist mirando por la ventana triste , pero resuelto a seguir adelante con el fondo musical de “Eye in the Sky”. Un día llegó a mis manos “El Virginiano”, novela western de Owen Wister y lejos de volver a música instrumental western del lejano oeste, escuchaba a Kenny Rogers y Dolly Parton; llegué al punto en el que no sabía si leía esta novela por escuchar “Islands in the stream” . Con el tiempo regresé a leer a los clásicos y entonces Madame Bovary la leía con canciones de Madonna y de la inolvidable Aretha Franklin. Les aseguro que leer sin música no tenía sentido para mi. Llegaron los tiempos de la universidad y cuando decidía leer algo, inmediatamente buscaba una canción que podría acompañar al libro. No me había dado cuenta pero mi gusto por la lectura me había convertido en un melómano.
    Mi biblioteca personal creció proporcionalmente a mis estantes llenos de cassettes, cds y finalmente a mi biblioteca digital que obtuve por Napster, Kazaa, Emule, LimeWire y actualmente Spotify y Itunes.
    En la actualidad sigo haciendo lo mismo y no me va mal. Disfruto con este juego de una canción para una lectura. He llegado a asignarles canciones a ensayos y artículos científicos al punto de preocuparme por encontrar música minimalista y canciones del lejano oriente para sentirme bien con lo que leo. No me considero un lector especializado en cierto tipo de lecturas, sin embargo tengo mis obsesiones temporales tanto con libros como con la música. Para ponerles un ejemplo a Bradbury solo lo puedo leer escuchando a David Bowie. Algunos capítulos de “Farenheit 451” tienen canciones de Bowie que les he asignado arbitrariamente. Lo mismo me sucede con los libros de David Thoreau; sería imposible leer “Walden” o “Un paseo invernal” sin la música de los islandeses “Of monsters and men”. En cuanto a la poesía me sucede lo mismo con los ensayos y artículos científicos: Música minimalista como la de Philip Glass o del mediático pianista Ludovico Enaudi acompañan a Huidobro a Whitman y a nuestro querido Rafael de la Fuente Benavides “Martín Adán”.
    Esta costumbre la convertí un día en una estrategia y probé con un grupo de participantes en un Taller de lectura. El ejercicio consistía en que cada uno, despues de la primera lectura de un texto pensaran en la música de una canción, independientemente de la letra y la relacionaran con lo leído. Con sus dispositivos compartimos las audiciones y luego los asistentes voluntariamente argumentaban las razones de su elección. No solo resultó interesante esta actividad, sino que además aprendimos mucho de escritores, lugares, música y nos conocimos un poco más. Hoy, tengo muchos alumnos y amigos que nos une la música y la lectura y además ellos han experimentado lo atractivo que resulta en una práctica de mediación lectora esta propuesta.
    Para finalizar quisiera compartirles que cuando veo una película basada en una novela que he leído, me pregunto si la banda sonora de la película habrá sido la mejor decisión del director. Hasta es punto he llegado…

    Papeles sueltos…

    Estos días de confinamiento propician la delicada tarea de la escritura, que es casi lo mismo que la reflexión y el autoconocimiento. Muchas veces me pregunté, antes de la cuarentena, si algún día lograría tener tiempo suficiente para sentarme delante de una pantalla con la mirada fija sobre el teclado y escribir las ideas y los mensajes que realmente acechan mi simple y sobrevalorada vida. En ocasiones he aceptado con resignación que tal aspiración solo sucede en la mente y en mis libros que releo para encontrar sentido a la vida en ciertas horas del día. Leo todo aquello que considero bien escrito, lo cual es una desventaja en mi caso porque no tengo una especialidad en linguistica para argumentarlo, sin embargo la experiencia que me han regalado los libros y las charlas con quienes considero mejores lectores que yo, me dan la seguridad del autodidacta y la serenidad artesanal que el oficio lector entrega a sus seguidores.
    Escribir, como dije al inicio, es un acto de inmersión personal y un gesto valiente para compartirlo con cualquiera. Sí, cualquiera, porque no me creo esa idea de que escribimnos para alguien, en lo personal pienso que escribir no tiene un destinatario, pero sí una intención. Cuando Thoreau escribió “Walden o la vida en los bosques”, publicó un manifiesto, bello si lo enfocamos a la luz de la literatura, pero inmenso en propuestas futuristas a favor de la vida natural y el ambiente. Lo mismo le sucedió a Bradbury, Navokov, Camus y anteriormente a los clásicos. Dickens en sus narraciones desnudaba una Inglaterra dura y sombría en plena era industrial. Chesterton decía que “Dickens tenía las llaves de la calle” por que su infancia callejera y pobre le valieron para entender ese Londres cruel con los niños y con quienes aspiraban el hollín de las fábricas hacinadas de obreros hambrientos. La experiencia escrita con belleza suelen ser los ingredientes principales para construir historias fascinantes .
    Un lector que escribe debería ser un escritor serio. La experiencia humana , salvo raras excepciones, se agota y no alcanza para construir buenas historias o emocionantes poemas. No es novedad que de tanto leer a uno le surja la idea de escribir algo bien hecho. El mundo de los lectores tiene sus reglas y sus estándares implícitos al punto que la a ventura de ser escritor puede detenerse por la obsesión de alcanzar la excelencia en cada párrafo o la claridad en las palabras. Cuando las lecturas personales no activan la creatividad y el impulso por escribir, entonces acudimos a las historias de otras personas o las crónicas de los diarios. Los noticieros o telediarios son una fuente importante de información para salir de algún bloqueo creativo. En esa búsqueda nos transformamos en periodistas, investigadores,curiosos y hasta psicoanalistas; nada más interesante que la charla con un psiquiatra para lograr matices y sombras inadvertidas en nuestra apreciación de la experiencia.
    Hay un tipo de lector que se suele omitir en los clubes de lectura y en las tertulias literarias: El lector de libros informativos. Aquel que se emociona con los datos objetivos de los fenómenos físicos o la armonía matemática que existe en el mundo vegetal y mineral. Estos lectores expertos cuando deciden ser escritores son excelentes divulgadores científicos. Y en el mundo de las ideas; objetivos ensayistas.
    He leído algunos escritores y filósofos del siglo XIX y posteriormente escritores del Boom latinoamericano que defienden la idea de escribir a partir de “la anécdota” sin ataduras ni ideas preconcebidas. El mismo hecho de proponer éste enfoque lo considero una idea arbitraria y por tanto una imposición disfrazada de libertad e independencia. Pienso que la literatura actual vá más allá; no solamente niega la intención sino que excluye la forma literaria al punto de ignorarla y en casos particulares despreciarla. Sea como fuere, escribir continúa siendo una acto de inmersión, una exploración que si hoy la considero superficial ,porque no se atreve a bajar a “Las marianas”, continúa fomentando el esimismamiento del escritor. “Omniscientes somos todos” nos decía mi profesor de Literatura en la escuela, cuando se le preguntaba por el mejor modo de escribir una historia.
    Probablemente este texto se convierta en una idea intrascendente o trasnochada, sin embargo será una transmisión de pensamientos y propuestas personales. Quien piensa que compartir o actuar en redes es una invención de esta postmodernidad no ha tenido acceso a información del siglo XIII hacia adelante. En plena guerra de los 30 años , siglo XVI, un hombre llamado Amos Komensky, Comenius en el latín académico, decidió ilustrar libros como estrategia para captar el interés de los estudiantes. Eran épocas en que se sobrevaloraba el memorismo. Su iniciativa resultó más que novedosa de tal manera que su segunda publicación: “Orbis pictus” (1596) transformó el mundo editorial y los recursos pedagógicos de aprendizaje. La abstracción exigida en los procesos de enseñanza encontró en la objetivación de la información, una aliada para la aprehensión y el conocimiento. El “Orbis pictus” se puede considerar como la primera enciclopedia escolar o el primer libro informativo ilustrado. Desde ese momento surgieron miles de “orbis pictus” en el mundo y los formatos de lectura informativa se perfeccionaron. Se estableció una feliz relación entre el artista y el escritor y surgió el oficio de la Ilustración y con éste los formatos de lectura más atractivos que la historia del libro pudo imaginar. Redes de profesionales, interconectividad y socialización de saberes actuaron como hoy en la transformación del libro como objeto. Lo que diferencia nuestra era del siglo XVI es la velocidad que ofrece la tecnología.
    Sin embargo, escribir para compartir conocimiento o relatar una historia no es la primera intención de quien decide hacerlo. Un buen escritor necesita decirle al mundo lo que lleva adentro o lo que conoce en clave de verso o narrativa.Amos Comenius le dijo al mundo lo que pensaba de los métodos pedagógicos de la época y arremetió profesionalmente contra el memorismo mal entendido. Quien escribe sí tiene idea de lo que quiere, aunque sus métodos sean formalmente libres y espontáneos y se aleje de la forma arbitrariamente. Escribir siempre será esa ventana que para bien o para mal se abrirá “ai nuovi sogni” como cantaba en San Remo 56 Franca Raimondi: “abrid las ventanas a nuevos sueños”. Es curioso pero hay cierta atracción entre el acto de escribir y la música, ambas actividades tienen un ritmo, cuentan una historia y exteriorizan la condición humana, pero ese será un tema para un futuro artículo…

    Derribando mitos sobre la Lectura Infantil

    Martha fue mi alumna hace más de 9 años y ahora es una joven madre de familia y flamante psicóloga clínica. Lo que recuerdo de ella y alguna de sus amigas es que leían interminables novelas de amor durante las horas de descanso, mientras yo me empeñaba, ilusamente, en acercarlas a lecturas de los clásicos. Hace poco recibí una solicitud de amistad y a duras penas recordé su cara.  Apenas la  acepté me llegó un mensaje en el que , aparte de saludarme, me contaba que además de ser madre de una niña de año y medio  atendía a un grupo de niños entre 5 y 8 años y planeaba  desarrollar actividades de lectura con ellos. Entendí que quería que le recomendara algunos títulos de cuentos e historias. Conversamos un poco y cotejando una lista de libros de Literatura Infantil que intentaba recomendarle, salió el tema del gusto por la ficción en los niños.  Martha daba por hecho que los libros tendrían que ser de monstruos, encantados, príncipes y héroes con poderes especiales, porque  “eso es lo que le gusta a los niños”. Esta charla interesante con mi antigua alumna me impulsó a escribir esta entrada. Para ser conciso y no alargarme en este tema intentaré responder algunas preguntas que surgieron en la conversación:

    ¿Los niños entre 5 y 8 años sólo les gusta la fantasía?

    No. Un dato interesante que hay que saber es que las investigaciones, no tan recientes, respecto a los gustos de lectura en los niños de 0 a 3 años , es que ellos no distinguen entre  realidad y fantasía o mejor dicho entre ficción y no ficción para ellos casi todo es real. Por ello que hay que considerar lecturas que les mencionen cosas reales : ciencia, vida, animales, cosas, formas, etc.

    ¿Qué tipo de libros tratan esos temas?

    Si tienes  la suerte de conocer un bibliotecario o mediador de lectura, éste le va a indicar una lista de LIBROS INFORMATIVOS. (ese es su nombre en el mundo de los libros y las editoriales).

    ¿Los LIBROS INFORMATIVOS son aburridos?

    Para nada son muy divertidos e incorporan elementos como pop ups, ilustraciones de gran calidad y casi todos tienen un toque de humor al transmitir sus contenidos.

    ¿Estos libros no serán difíciles para niños entre 5 y 8 años?

    Para nada. Suelen estar escritor con lenguaje sencillo y la imagen complementa el mensaje de los textos. Tienen cierto parecido a los libros álbum en este aspecto. Por ejemplo hay LIBROS INFORMATIVOS para niños que explican de manera muy sencilla lo que es un agujero negro.

    Pero…¿Un libro informativo no forma  habito lector?

    El hábito lector no lo activa el libro sino las personas que hacen de mediadores de lectura: los padres de familia, los bibliotecarios, profesores, familiares, etc. Quienes con su ejemplo activan las neuronas espejo en los niños.  Además un lector integral lee todo tipo de textos, no solo los literarios y los Libros INFORMATIVOS promueven la creatividad, las capacidades lingüísticas y el juicio crítico, entre otras cosas.

    Bueno… no me negará profe que Ciencia o realidad y Literatura son mundos diferentes…

    Si lo son, en la mayoría de los casos, pero justamente un LIBRO INFORMATIVO, puede ser ese “puente” entre ambos mundos. No recuerdo quien pero alguien dijo una vez que la Ciencia tiene mucho de Literatura y al revés.