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    Música y lecturas

    A pesar que el título resulte obvio, sin embargo no escribiré un ensayo sostenido sobre la maravillosa relación entre literatura y música como el “sumum” de la estética, o de la feliz “simbiosis” entre ambas. Muchos escritores e intelectuales que conozco podrían argumentar de forma extraordinaria y precisa un tema tan amplio como éste. Lo mio es más simple que eso, les contaré una experiencia personal en mi trabajo de mediador de lectura que espero se animen a utilizarlas si les parece oportuno.

    Hoy quería escribirles sobre ese encuentro entre libros y música que procuro fomentar en mis prácticas de mediación lectora y de paso aportar alguna estrategia que intentaré recomendar porque comprobé que resultaron efectivas con futuros lectores. Se inició hace muchos años, como un juego, cuando cursaba la secundaria y me ayudó a disfrutar de novelas y poesía que hasta hoy llevo en mi memoria. La estrategia podríamos llamarla: Un libro – una canción. Por esos años me resultaba complicado terminar un libro o “ponerle ganas” como me decía uno de mis profesores de Literatura, hasta que accidentalmente escuhé en la radio una canción mientras intentaba leer “Cien años de Soledad”: “Macondo”, era una cumbia que por esa época se bailaba en las fiestas familiares y en los bailes sociales ; como toda cumbia colombiana era pegajosa y la letra sorprendentemente era una especie de reseña de aquello que yo estaba leyendo. A partir de ese momento cada vez que leía Cien años de Soledad intentaba recordar “Macondo” y hasta llevaba el ritmo. Algo similar me sucedió con Ana Karenina y el Conde Bronsky : no podía dejar de imaginarme los bailes espectaculares que Tolstoi describe en su novela y ahora que lo recuerdo, me llevó a desemplovar viejos discos de valses vieneses y música clásica en vinilo que mi padre escondía, no por considerarlos valiosos, sino porque prefería mostrar a sus amigos los últimos hits bailables o los tangos argentinos de Hugo del Carril o de dramáticas interpretaciones del “El Polaco” Goyeneche. Con el tiempo fui relacionando una novela o una poesía con una canción. Arguedas inspiraba un huayno melancólico y Vallejo un vals de la guardia vieja cantada por Roberto Tello, un tipo que conseguía cantar los valses peruanos con actitud porteña. No se por qué a Vargas Llosa nunca lo relacioné con una canción, a pesar que en “Conversación en la Catedral” proponía escuchar un mambo de Perez Prado. No tuve un orden en cuanto a mis lecturas, leía aquello que me sugerían o exigían en el colegio. Por aquellos tiempos me llamaba mucho la atención Julio Verne. “Flash” de Queen estaba reservada para “De la Tierra a la Luna” o “Veinte mil legua de Viaje submarino”. A Dickens siempre lo acompañé con música de Morricone, hasta que descubría a Alan Parsons Project y entonces imaginaba a Oliver Twist mirando por la ventana triste , pero resuelto a seguir adelante con el fondo musical de “Eye in the Sky”. Un día llegó a mis manos “El Virginiano”, novela western de Owen Wister y lejos de volver a música instrumental western del lejano oeste, escuchaba a Kenny Rogers y Dolly Parton; llegué al punto en el que no sabía si leía esta novela por escuchar “Islands in the stream” . Con el tiempo regresé a leer a los clásicos y entonces Madame Bovary la leía con canciones de Madonna y de la inolvidable Aretha Franklin. Les aseguro que leer sin música no tenía sentido para mi. Llegaron los tiempos de la universidad y cuando decidía leer algo, inmediatamente buscaba una canción que podría acompañar al libro. No me había dado cuenta pero mi gusto por la lectura me había convertido en un melómano.
    Mi biblioteca personal creció proporcionalmente a mis estantes llenos de cassettes, cds y finalmente a mi biblioteca digital que obtuve por Napster, Kazaa, Emule, LimeWire y actualmente Spotify y Itunes.
    En la actualidad sigo haciendo lo mismo y no me va mal. Disfruto con este juego de una canción para una lectura. He llegado a asignarles canciones a ensayos y artículos científicos al punto de preocuparme por encontrar música minimalista y canciones del lejano oriente para sentirme bien con lo que leo. No me considero un lector especializado en cierto tipo de lecturas, sin embargo tengo mis obsesiones temporales tanto con libros como con la música. Para ponerles un ejemplo a Bradbury solo lo puedo leer escuchando a David Bowie. Algunos capítulos de “Farenheit 451” tienen canciones de Bowie que les he asignado arbitrariamente. Lo mismo me sucede con los libros de David Thoreau; sería imposible leer “Walden” o “Un paseo invernal” sin la música de los islandeses “Of monsters and men”. En cuanto a la poesía me sucede lo mismo con los ensayos y artículos científicos: Música minimalista como la de Philip Glass o del mediático pianista Ludovico Enaudi acompañan a Huidobro a Whitman y a nuestro querido Rafael de la Fuente Benavides “Martín Adán”.
    Esta costumbre la convertí un día en una estrategia y probé con un grupo de participantes en un Taller de lectura. El ejercicio consistía en que cada uno, despues de la primera lectura de un texto pensaran en la música de una canción, independientemente de la letra y la relacionaran con lo leído. Con sus dispositivos compartimos las audiciones y luego los asistentes voluntariamente argumentaban las razones de su elección. No solo resultó interesante esta actividad, sino que además aprendimos mucho de escritores, lugares, música y nos conocimos un poco más. Hoy, tengo muchos alumnos y amigos que nos une la música y la lectura y además ellos han experimentado lo atractivo que resulta en una práctica de mediación lectora esta propuesta.
    Para finalizar quisiera compartirles que cuando veo una película basada en una novela que he leído, me pregunto si la banda sonora de la película habrá sido la mejor decisión del director. Hasta es punto he llegado…

    Papeles sueltos…

    Estos días de confinamiento propician la delicada tarea de la escritura, que es casi lo mismo que la reflexión y el autoconocimiento. Muchas veces me pregunté, antes de la cuarentena, si algún día lograría tener tiempo suficiente para sentarme delante de una pantalla con la mirada fija sobre el teclado y escribir las ideas y los mensajes que realmente acechan mi simple y sobrevalorada vida. En ocasiones he aceptado con resignación que tal aspiración solo sucede en la mente y en mis libros que releo para encontrar sentido a la vida en ciertas horas del día. Leo todo aquello que considero bien escrito, lo cual es una desventaja en mi caso porque no tengo una especialidad en linguistica para argumentarlo, sin embargo la experiencia que me han regalado los libros y las charlas con quienes considero mejores lectores que yo, me dan la seguridad del autodidacta y la serenidad artesanal que el oficio lector entrega a sus seguidores.
    Escribir, como dije al inicio, es un acto de inmersión personal y un gesto valiente para compartirlo con cualquiera. Sí, cualquiera, porque no me creo esa idea de que escribimnos para alguien, en lo personal pienso que escribir no tiene un destinatario, pero sí una intención. Cuando Thoreau escribió “Walden o la vida en los bosques”, publicó un manifiesto, bello si lo enfocamos a la luz de la literatura, pero inmenso en propuestas futuristas a favor de la vida natural y el ambiente. Lo mismo le sucedió a Bradbury, Navokov, Camus y anteriormente a los clásicos. Dickens en sus narraciones desnudaba una Inglaterra dura y sombría en plena era industrial. Chesterton decía que “Dickens tenía las llaves de la calle” por que su infancia callejera y pobre le valieron para entender ese Londres cruel con los niños y con quienes aspiraban el hollín de las fábricas hacinadas de obreros hambrientos. La experiencia escrita con belleza suelen ser los ingredientes principales para construir historias fascinantes .
    Un lector que escribe debería ser un escritor serio. La experiencia humana , salvo raras excepciones, se agota y no alcanza para construir buenas historias o emocionantes poemas. No es novedad que de tanto leer a uno le surja la idea de escribir algo bien hecho. El mundo de los lectores tiene sus reglas y sus estándares implícitos al punto que la a ventura de ser escritor puede detenerse por la obsesión de alcanzar la excelencia en cada párrafo o la claridad en las palabras. Cuando las lecturas personales no activan la creatividad y el impulso por escribir, entonces acudimos a las historias de otras personas o las crónicas de los diarios. Los noticieros o telediarios son una fuente importante de información para salir de algún bloqueo creativo. En esa búsqueda nos transformamos en periodistas, investigadores,curiosos y hasta psicoanalistas; nada más interesante que la charla con un psiquiatra para lograr matices y sombras inadvertidas en nuestra apreciación de la experiencia.
    Hay un tipo de lector que se suele omitir en los clubes de lectura y en las tertulias literarias: El lector de libros informativos. Aquel que se emociona con los datos objetivos de los fenómenos físicos o la armonía matemática que existe en el mundo vegetal y mineral. Estos lectores expertos cuando deciden ser escritores son excelentes divulgadores científicos. Y en el mundo de las ideas; objetivos ensayistas.
    He leído algunos escritores y filósofos del siglo XIX y posteriormente escritores del Boom latinoamericano que defienden la idea de escribir a partir de “la anécdota” sin ataduras ni ideas preconcebidas. El mismo hecho de proponer éste enfoque lo considero una idea arbitraria y por tanto una imposición disfrazada de libertad e independencia. Pienso que la literatura actual vá más allá; no solamente niega la intención sino que excluye la forma literaria al punto de ignorarla y en casos particulares despreciarla. Sea como fuere, escribir continúa siendo una acto de inmersión, una exploración que si hoy la considero superficial ,porque no se atreve a bajar a “Las marianas”, continúa fomentando el esimismamiento del escritor. “Omniscientes somos todos” nos decía mi profesor de Literatura en la escuela, cuando se le preguntaba por el mejor modo de escribir una historia.
    Probablemente este texto se convierta en una idea intrascendente o trasnochada, sin embargo será una transmisión de pensamientos y propuestas personales. Quien piensa que compartir o actuar en redes es una invención de esta postmodernidad no ha tenido acceso a información del siglo XIII hacia adelante. En plena guerra de los 30 años , siglo XVI, un hombre llamado Amos Komensky, Comenius en el latín académico, decidió ilustrar libros como estrategia para captar el interés de los estudiantes. Eran épocas en que se sobrevaloraba el memorismo. Su iniciativa resultó más que novedosa de tal manera que su segunda publicación: “Orbis pictus” (1596) transformó el mundo editorial y los recursos pedagógicos de aprendizaje. La abstracción exigida en los procesos de enseñanza encontró en la objetivación de la información, una aliada para la aprehensión y el conocimiento. El “Orbis pictus” se puede considerar como la primera enciclopedia escolar o el primer libro informativo ilustrado. Desde ese momento surgieron miles de “orbis pictus” en el mundo y los formatos de lectura informativa se perfeccionaron. Se estableció una feliz relación entre el artista y el escritor y surgió el oficio de la Ilustración y con éste los formatos de lectura más atractivos que la historia del libro pudo imaginar. Redes de profesionales, interconectividad y socialización de saberes actuaron como hoy en la transformación del libro como objeto. Lo que diferencia nuestra era del siglo XVI es la velocidad que ofrece la tecnología.
    Sin embargo, escribir para compartir conocimiento o relatar una historia no es la primera intención de quien decide hacerlo. Un buen escritor necesita decirle al mundo lo que lleva adentro o lo que conoce en clave de verso o narrativa.Amos Comenius le dijo al mundo lo que pensaba de los métodos pedagógicos de la época y arremetió profesionalmente contra el memorismo mal entendido. Quien escribe sí tiene idea de lo que quiere, aunque sus métodos sean formalmente libres y espontáneos y se aleje de la forma arbitrariamente. Escribir siempre será esa ventana que para bien o para mal se abrirá “ai nuovi sogni” como cantaba en San Remo 56 Franca Raimondi: “abrid las ventanas a nuevos sueños”. Es curioso pero hay cierta atracción entre el acto de escribir y la música, ambas actividades tienen un ritmo, cuentan una historia y exteriorizan la condición humana, pero ese será un tema para un futuro artículo…

    Derribando mitos sobre la Lectura Infantil

    Martha fue mi alumna hace más de 9 años y ahora es una joven madre de familia y flamante psicóloga clínica. Lo que recuerdo de ella y alguna de sus amigas es que leían interminables novelas de amor durante las horas de descanso, mientras yo me empeñaba, ilusamente, en acercarlas a lecturas de los clásicos. Hace poco recibí una solicitud de amistad y a duras penas recordé su cara.  Apenas la  acepté me llegó un mensaje en el que , aparte de saludarme, me contaba que además de ser madre de una niña de año y medio  atendía a un grupo de niños entre 5 y 8 años y planeaba  desarrollar actividades de lectura con ellos. Entendí que quería que le recomendara algunos títulos de cuentos e historias. Conversamos un poco y cotejando una lista de libros de Literatura Infantil que intentaba recomendarle, salió el tema del gusto por la ficción en los niños.  Martha daba por hecho que los libros tendrían que ser de monstruos, encantados, príncipes y héroes con poderes especiales, porque  “eso es lo que le gusta a los niños”. Esta charla interesante con mi antigua alumna me impulsó a escribir esta entrada. Para ser conciso y no alargarme en este tema intentaré responder algunas preguntas que surgieron en la conversación:

    ¿Los niños entre 5 y 8 años sólo les gusta la fantasía?

    No. Un dato interesante que hay que saber es que las investigaciones, no tan recientes, respecto a los gustos de lectura en los niños de 0 a 3 años , es que ellos no distinguen entre  realidad y fantasía o mejor dicho entre ficción y no ficción para ellos casi todo es real. Por ello que hay que considerar lecturas que les mencionen cosas reales : ciencia, vida, animales, cosas, formas, etc.

    ¿Qué tipo de libros tratan esos temas?

    Si tienes  la suerte de conocer un bibliotecario o mediador de lectura, éste le va a indicar una lista de LIBROS INFORMATIVOS. (ese es su nombre en el mundo de los libros y las editoriales).

    ¿Los LIBROS INFORMATIVOS son aburridos?

    Para nada son muy divertidos e incorporan elementos como pop ups, ilustraciones de gran calidad y casi todos tienen un toque de humor al transmitir sus contenidos.

    ¿Estos libros no serán difíciles para niños entre 5 y 8 años?

    Para nada. Suelen estar escritor con lenguaje sencillo y la imagen complementa el mensaje de los textos. Tienen cierto parecido a los libros álbum en este aspecto. Por ejemplo hay LIBROS INFORMATIVOS para niños que explican de manera muy sencilla lo que es un agujero negro.

    Pero…¿Un libro informativo no forma  habito lector?

    El hábito lector no lo activa el libro sino las personas que hacen de mediadores de lectura: los padres de familia, los bibliotecarios, profesores, familiares, etc. Quienes con su ejemplo activan las neuronas espejo en los niños.  Además un lector integral lee todo tipo de textos, no solo los literarios y los Libros INFORMATIVOS promueven la creatividad, las capacidades lingüísticas y el juicio crítico, entre otras cosas.

    Bueno… no me negará profe que Ciencia o realidad y Literatura son mundos diferentes…

    Si lo son, en la mayoría de los casos, pero justamente un LIBRO INFORMATIVO, puede ser ese “puente” entre ambos mundos. No recuerdo quien pero alguien dijo una vez que la Ciencia tiene mucho de Literatura y al revés.

    La Línea del horizonte

    Había una vez un hombre tan inteligente que apenas podía entender el sentido de la vida. Lo lamentable es que su insatisfacción no le dejaba dormir y leía mucho. Se pasaba el día consultando gruesos tomos de ciencias y filosofía y tomaba notas que después desechaba porque nada llenaba su angustia y había abandonado su oficio de armador de botes.

    Durante el día dibujaba a tinta china todo lo que podía recordar de sus viajes por el mundo. Apilaba cuadernos y blocks con dibujos de caminos, playas, edificios modernos y fortalezas abandonadas. Nunca dibujaba plantas ni animales, no solo porque le exigían destrezas artísticas más singulares, sino porque no le llamaba la atención el movimiento. Desde pequeño observaba complacido las formas continuas y estáticas  de las calles. Aborrecía esos movimientos artísticos que interpretaban la realidad inerte y mientras todos aplaudían el movimiento, él se refugiaba en la línea y el horizonte. Estudió durante años la perspectiva y escribió textos apologéticos sobre el punto de fuga que nadie leía. Al final poco le importaba porque él no escribía para otros.

    Un día conoció a un niño que también dibujaba a tinta china, solo que no eran trazos negros sobre papel celulosa, sino que la tinta era de color sanguina. Le llamó la atención sus dibujos sin movimiento, pero bellos desde su punto de vista.

    Lo conoció por casualidad en una biblioteca abandonada del pueblo. Él iba a buscar un libro antiguo de Charles Davies:  “Elements of descriptive geometry with their application to spherical trigonometry, spherical projections and warped surfaces” porque estaba interesado en profundizar sus conocimientos sobre el sistema diedro. Intuía que la belleza podría ser el resultado geométrico de proyecciones exactas de la realidad, pero le faltaban argumentos.

    El niño se encontraba en esa biblioteca y se portaba de manera muy familiar y hasta previsible para su gusto. Pudo observar sus manos pequeñas trazando líneas de arriba hacia abajo con mucha destreza, punteando y acotando con la pluma. De vez en cuando el pequeño dibujante se detenía y echaba una mirada como si fuera dueño de un punto de fuga particular y en ese ejercicio sonreía de vez en cuando, cosa extraña y hasta discordante con lo que hacía.

    -¿A quién se le ocurre sonreír mientras busca la perfección de un trazo? Se preguntaba.

    Para no interrumpirlo se situó lejos de la mesa del niño y empezó a hojear “Elements of descriptive geometry… el libro se había escrito en 1889 y los términos que encontró en ese tratado eran ciertamente complejos, pero no por ello incomprensibles.

    • Linea del horizonte,  escuchó de la voz infantil de su compañero

    Levantó la mirada sorprendido y afectado porque no esperaba que ese niño se atreviera a hablarle.

    • ¿Qué dices? Le increpó
    • Linea del horizonte, no confies en la línea del horizonte

    El hombre, más sorprendido que la primera vez, se disponía a acercarse a la mesa  y de repente el niño ya no estaba, pero el dibujo que había dejado le era familiar: Una línea horizontal dividía las tres cuartas partes de una hoja y un semicírculo que podría ser una puesta de sol o una naranja partida por la mitad sobre la línea contínua partía en mitad lo dibujado. El punto central del semicírculo era equidistante y sobre él, una palabra rompía la coherencia del espacio en blanco: MIRROR.

    El hombre cogió la hoja, la dobló y la guardó en su bolsillo. Luego se dirigió a su mesa y terminó de hojear “Elements of descriptive geometry… y se dio cuenta que le faltaban más de cincuenta páginas hacia el final. A pesar de ello decidió llevarlo consigo. Salio y bajó el promontorio en donde se encontraba la antigua biblioteca. Desde la puerta se apreciaba la inmensidad del mar que bañaba las costas de su pueblo y por alguna razón sonrió al relacionar el dibujo del niño con ese escenario.  Caminó sin saludar por las estrechas calles y con el olor de la brisa marina entró a su casa pequeña en donde le aguardaban un mueble antiguo y una gran mesa de dibujo desvencijada por el uso y los años. Al fondo una estantería de madera unida en cola de milano y la cocina llena de papeles con diseños y bosquejos de naves pequeñas que evidenciaban su oficio de armador de botes para la pesca.

    Colocó el pesado “Elements of descriptive geometry… en su estantería y de uno de los cajones inferiores extrajo una lata conteniendo café turco. Encendió la estufa y mientras colocaba la cafetera sobre el fuego miró por la ventana y nuevamente el horizonte invadió su mirada. Introdujo su mano derecha en el bolsillo y extrajo el dibujo del niño de la biblioteca.

    • MIRROR, murmuró para sí. Podrían ser unas iniciales o simplemente la palabra ESPEJO, pero… ¿ESPEJO?…

    Esa noche le dedicó horas a “Elements of descriptive geometry… y conforme   avanzaba en su lectura se sentía con más argumentos para considerar la relación entre belleza y exactitud. Cerca de las primeras horas de la madrugada y después de muchas tazas de café se dispuso a escribir MIRROR y ESPEJO, lo hizo por más de diez veces leyendo en voz alta  cada vez que lo hacía.

    • Quizá hay una relación con el horizonte, pero un espejo es lo más lejano a una línea del horizonte se dijo. Porque el horizonte si bien es una línea lejana, no refleja nada solo es un límite, un límite visual…imaginario…
    •  Y un espejo, cavilaba, refleja algo limitado… un objeto, un barco, una persona y lo presenta como tal… y por qué un niño escribiría eso?

    Una vez más se detuvo a observar el dibujo y pudo advertir una letra U sobre la línea en el centro del semicírculo.

    • ¿Y esta U? será un símbolo… de UNION?
    • ESPEJO Y UNIÓN… mmm,

    Apenas unió ambas palabras recordó que alguna vez intentando resolver acertijos, encontró muchas respuestas en su diccionario de Latin Castellano de Paula y Gonzaga. Una vez más abrió el diccionario antiguo y leyó casi en voz alta:

    “La palabra espejo viene del latín speculum, formada de specio (mirar) y el sufijo instrumental culum, que encontramos en palabras como espiráculo y oráculo. Entonces, significa “instrumento de mirada”.

    • Mirar y Unir o… Donde lo que se mira se une… o mejor aún el horizonte es aquel lugar en que…

    De pronto dio un salto y como el niño de la biblioteca abandonada su mirada fue diferente.

    • “El horizonte es un lugar donde uno mira como en el espejo pero solo es un reflejo de una realidad que existe en otro lugar… o en mi… y en donde se une…¿Qué? ¿Qué se une?…
    • Se unen el mar y el cielo, pensó seriamente. Lo real y… lo eterno? En el horizonte “parece” que se unen el mar y el cielo, pero no es así… es apenas un reflejo, son como proyecciones ortogonales de una realidad…un espejo… un MIRROR!
    • Si el horizonte es un reflejo, entonces lo que se proyecta soy yo y en mi se refleja también lo eterno?…
    • Cansado de tantas interrogantes se fue a dormir con cierta tranquilidad, como si una epifanía hubiera cambiado su angustia.

    Al día siguiente el olor de la brisa marina se impregnaba en la cafetera y mientras el hombre ordenaba los libros en su estantería de cedro, le daba vueltas a una idea. Preparó su café y en un pan escondió dos pequeñas sardinas fritas, con torpeza entusiasta hizo espacio en su mesa de trabajo y se dispuso a escribir:

    “El horizonte parece ser el lugar en donde se unen lo infinito y lo perecible, lo material y el éter, sin embargo es apenas un espejo de lo que sucede en nosotros mismos. En el interior de cada persona hay, si lo permitimos, la posibilidad de ser eternos sin renunciar a nuestra corporeidad”.

    Por la ventana se veía otra vez el azul del mar a la distancia y de vez en cuando una sonrisa infantil se escuchaba celebrando el vuelo de una frágil cometa de papel y caña.

    Lectores con esperanza

    No es extraño que cuando escuchamos un podcast sobre promoción de lectura o vemos un video TED impactante sobre las ventajas de ser lector en los que se aborda el tema “cómo formar lectores”, inmediatamente concluimos sin duda que el ejemplo de unos padres lectores resulta fundamental para que una persona termine siendo un gran lector.

    El Superlector

    Harold Bloom, el crítico literario más famoso de Estados Unidos, sostiene que hay tres modos de formar un gran lector: Nuevamente cita como parte primordial la intervención de unos padres lectores, luego la influencia de unos buenos maestros lectores en la escuela y finalmente la misma persona que, apuntalado por los dos factores anteriores, decide elegir buenos libros y sobretodo aquellos que significan un reto como los libros clásicos por ejemplo.

    ¿Qué dice la calle?

    Hasta aquí todo parece lógico y para mi gusto : vertical.
    Mi experiencia como promotor de lectura desde las bibliotecas y la escuela y mi participación como mediador en espacios no convencionales con niños y adolescentes en situación adversa respecto a su seguridad y futuro; me ha relacionado con muchos jóvenes provenientes de hogares complicados donde hay ausencia de padres, que no son lectores y que ven como una pérdida de tiempo acercarse a los libros y la lectura por considerarlos poco prácticos para cubrir sus necesidades elementales. Pero tambien he conocido entre esos grupos de jóvenes grandes y expertos lectores. Y de esos lectores “a pesar de las dificultades” han resultado con el tiempo; excelentes maestros, artistas apasionados , uno que otro millonario y buenos padres de familia.
    Volviendo a lo planteado por Bloom y la opinión general de los educadores surge una duda que necesita respuestas: ¿Continúa vigente esa verticalidad formativa del lector? ¿Un niño sin padres lectores y maestros analfabetos funcionales nunca conseguirá ser un lector crítico?

    ¿Rizoma mejor que Raiz?

    Los Filósofos Gilles Deleuze y Félix Guattari “bestias pardas” de la filosofía contemporánea, por el gran trabajo de criticar pensamientos significativos de la modernidad, “filosofías representativas” les llamaron en sus estudios, y proponer estructuras filosóficas novedosas respecto a la subjetividad, al piscoanálisis de Freud, a la dualidad de lo real y lo virtual propuesto por Lacan : “Lo virtual, dice Deleuze, no se opone a lo real, sino a lo actual”, a estas alturas y con la tecnología en casa, ya nadie pone en duda esta afirmación.
    Podríamos hablar sobre Deleuze, pero mi intención es solamente proponer apenas un sencillo planteamiento “deleuziano” que hoy es aplicable en muchas actividades humanas: El rizoma.
    Si buscamos información en google sobre “rizoma” encontramos la siguiente: “En biología, un rizoma es un tallo subterráneo con varias yemas que crecen de forma horizontal emitiendo raíces y brotes herbáceos de sus nudos. Los rizomas crecen indefinidamente”. Bien el concepto es muy facil de imaginar y más aun si pensamos en todos aquellos bulbos y tubérculos que surgen a la vida con este modelo totalmente diferente a la raiz de un pino por nombrar un árbol. Los rizomas son horizontales y tienen muchos puntos o raices que se interconectan y proporcionan crecimiento; mientras que en el árbol vertical una raíz solo produce un modelo de crecimiento hacia arriba.
    Con la lectura sucede algo más parecido al rizoma de Deleuze, sin menospreciar la verticalidad de un árbol que da sombra. Las sociedades hoy se interconectan por redes, aprenden en redes y cometen errores por redes. Quizás este rizoma es la solución a esos grupos de niños y jóvenes que esperan, a pesar del deterioro familiar o la baja calidad educativa de sus escuelas, uno o más mediadores de lectura que utilizando la tecnología o la intervención presencial desde diferentes puntos, propongan prácticas vinculadas a la lectura y la escritura y con el tiempo cosechar no solo lectores expertos, sino ciudadanos informados y mejores personas: sensibles, solidarias y por qué no; mejores líderes de gobierno.