Música y lecturas

Música y lecturas

A pesar que el título resulte obvio, sin embargo no escribiré un ensayo sostenido sobre la maravillosa relación entre literatura y música como el “sumum” de la estética, o de la feliz “simbiosis” entre ambas. Muchos escritores e intelectuales que conozco podrían argumentar de forma extraordinaria y precisa un tema tan amplio como éste. Lo mio es más simple que eso, les contaré una experiencia personal en mi trabajo de mediador de lectura que espero se animen a utilizarlas si les parece oportuno.

Hoy quería escribirles sobre ese encuentro entre libros y música que procuro fomentar en mis prácticas de mediación lectora y de paso aportar alguna estrategia que intentaré recomendar porque comprobé que resultaron efectivas con futuros lectores. Se inició hace muchos años, como un juego, cuando cursaba la secundaria y me ayudó a disfrutar de novelas y poesía que hasta hoy llevo en mi memoria. La estrategia podríamos llamarla: Un libro – una canción. Por esos años me resultaba complicado terminar un libro o “ponerle ganas” como me decía uno de mis profesores de Literatura, hasta que accidentalmente escuhé en la radio una canción mientras intentaba leer “Cien años de Soledad”: “Macondo”, era una cumbia que por esa época se bailaba en las fiestas familiares y en los bailes sociales ; como toda cumbia colombiana era pegajosa y la letra sorprendentemente era una especie de reseña de aquello que yo estaba leyendo. A partir de ese momento cada vez que leía Cien años de Soledad intentaba recordar “Macondo” y hasta llevaba el ritmo. Algo similar me sucedió con Ana Karenina y el Conde Bronsky : no podía dejar de imaginarme los bailes espectaculares que Tolstoi describe en su novela y ahora que lo recuerdo, me llevó a desemplovar viejos discos de valses vieneses y música clásica en vinilo que mi padre escondía, no por considerarlos valiosos, sino porque prefería mostrar a sus amigos los últimos hits bailables o los tangos argentinos de Hugo del Carril o de dramáticas interpretaciones del “El Polaco” Goyeneche. Con el tiempo fui relacionando una novela o una poesía con una canción. Arguedas inspiraba un huayno melancólico y Vallejo un vals de la guardia vieja cantada por Roberto Tello, un tipo que conseguía cantar los valses peruanos con actitud porteña. No se por qué a Vargas Llosa nunca lo relacioné con una canción, a pesar que en “Conversación en la Catedral” proponía escuchar un mambo de Perez Prado. No tuve un orden en cuanto a mis lecturas, leía aquello que me sugerían o exigían en el colegio. Por aquellos tiempos me llamaba mucho la atención Julio Verne. “Flash” de Queen estaba reservada para “De la Tierra a la Luna” o “Veinte mil legua de Viaje submarino”. A Dickens siempre lo acompañé con música de Morricone, hasta que descubría a Alan Parsons Project y entonces imaginaba a Oliver Twist mirando por la ventana triste , pero resuelto a seguir adelante con el fondo musical de “Eye in the Sky”. Un día llegó a mis manos “El Virginiano”, novela western de Owen Wister y lejos de volver a música instrumental western del lejano oeste, escuchaba a Kenny Rogers y Dolly Parton; llegué al punto en el que no sabía si leía esta novela por escuchar “Islands in the stream” . Con el tiempo regresé a leer a los clásicos y entonces Madame Bovary la leía con canciones de Madonna y de la inolvidable Aretha Franklin. Les aseguro que leer sin música no tenía sentido para mi. Llegaron los tiempos de la universidad y cuando decidía leer algo, inmediatamente buscaba una canción que podría acompañar al libro. No me había dado cuenta pero mi gusto por la lectura me había convertido en un melómano.
Mi biblioteca personal creció proporcionalmente a mis estantes llenos de cassettes, cds y finalmente a mi biblioteca digital que obtuve por Napster, Kazaa, Emule, LimeWire y actualmente Spotify y Itunes.
En la actualidad sigo haciendo lo mismo y no me va mal. Disfruto con este juego de una canción para una lectura. He llegado a asignarles canciones a ensayos y artículos científicos al punto de preocuparme por encontrar música minimalista y canciones del lejano oriente para sentirme bien con lo que leo. No me considero un lector especializado en cierto tipo de lecturas, sin embargo tengo mis obsesiones temporales tanto con libros como con la música. Para ponerles un ejemplo a Bradbury solo lo puedo leer escuchando a David Bowie. Algunos capítulos de “Farenheit 451” tienen canciones de Bowie que les he asignado arbitrariamente. Lo mismo me sucede con los libros de David Thoreau; sería imposible leer “Walden” o “Un paseo invernal” sin la música de los islandeses “Of monsters and men”. En cuanto a la poesía me sucede lo mismo con los ensayos y artículos científicos: Música minimalista como la de Philip Glass o del mediático pianista Ludovico Enaudi acompañan a Huidobro a Whitman y a nuestro querido Rafael de la Fuente Benavides “Martín Adán”.
Esta costumbre la convertí un día en una estrategia y probé con un grupo de participantes en un Taller de lectura. El ejercicio consistía en que cada uno, despues de la primera lectura de un texto pensaran en la música de una canción, independientemente de la letra y la relacionaran con lo leído. Con sus dispositivos compartimos las audiciones y luego los asistentes voluntariamente argumentaban las razones de su elección. No solo resultó interesante esta actividad, sino que además aprendimos mucho de escritores, lugares, música y nos conocimos un poco más. Hoy, tengo muchos alumnos y amigos que nos une la música y la lectura y además ellos han experimentado lo atractivo que resulta en una práctica de mediación lectora esta propuesta.
Para finalizar quisiera compartirles que cuando veo una película basada en una novela que he leído, me pregunto si la banda sonora de la película habrá sido la mejor decisión del director. Hasta es punto he llegado…

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