Papeles sueltos…

Papeles sueltos…

Estos días de confinamiento propician la delicada tarea de la escritura, que es casi lo mismo que la reflexión y el autoconocimiento. Muchas veces me pregunté, antes de la cuarentena, si algún día lograría tener tiempo suficiente para sentarme delante de una pantalla con la mirada fija sobre el teclado y escribir las ideas y los mensajes que realmente acechan mi simple y sobrevalorada vida. En ocasiones he aceptado con resignación que tal aspiración solo sucede en la mente y en mis libros que releo para encontrar sentido a la vida en ciertas horas del día. Leo todo aquello que considero bien escrito, lo cual es una desventaja en mi caso porque no tengo una especialidad en linguistica para argumentarlo, sin embargo la experiencia que me han regalado los libros y las charlas con quienes considero mejores lectores que yo, me dan la seguridad del autodidacta y la serenidad artesanal que el oficio lector entrega a sus seguidores.
Escribir, como dije al inicio, es un acto de inmersión personal y un gesto valiente para compartirlo con cualquiera. Sí, cualquiera, porque no me creo esa idea de que escribimnos para alguien, en lo personal pienso que escribir no tiene un destinatario, pero sí una intención. Cuando Thoreau escribió “Walden o la vida en los bosques”, publicó un manifiesto, bello si lo enfocamos a la luz de la literatura, pero inmenso en propuestas futuristas a favor de la vida natural y el ambiente. Lo mismo le sucedió a Bradbury, Navokov, Camus y anteriormente a los clásicos. Dickens en sus narraciones desnudaba una Inglaterra dura y sombría en plena era industrial. Chesterton decía que “Dickens tenía las llaves de la calle” por que su infancia callejera y pobre le valieron para entender ese Londres cruel con los niños y con quienes aspiraban el hollín de las fábricas hacinadas de obreros hambrientos. La experiencia escrita con belleza suelen ser los ingredientes principales para construir historias fascinantes .
Un lector que escribe debería ser un escritor serio. La experiencia humana , salvo raras excepciones, se agota y no alcanza para construir buenas historias o emocionantes poemas. No es novedad que de tanto leer a uno le surja la idea de escribir algo bien hecho. El mundo de los lectores tiene sus reglas y sus estándares implícitos al punto que la a ventura de ser escritor puede detenerse por la obsesión de alcanzar la excelencia en cada párrafo o la claridad en las palabras. Cuando las lecturas personales no activan la creatividad y el impulso por escribir, entonces acudimos a las historias de otras personas o las crónicas de los diarios. Los noticieros o telediarios son una fuente importante de información para salir de algún bloqueo creativo. En esa búsqueda nos transformamos en periodistas, investigadores,curiosos y hasta psicoanalistas; nada más interesante que la charla con un psiquiatra para lograr matices y sombras inadvertidas en nuestra apreciación de la experiencia.
Hay un tipo de lector que se suele omitir en los clubes de lectura y en las tertulias literarias: El lector de libros informativos. Aquel que se emociona con los datos objetivos de los fenómenos físicos o la armonía matemática que existe en el mundo vegetal y mineral. Estos lectores expertos cuando deciden ser escritores son excelentes divulgadores científicos. Y en el mundo de las ideas; objetivos ensayistas.
He leído algunos escritores y filósofos del siglo XIX y posteriormente escritores del Boom latinoamericano que defienden la idea de escribir a partir de “la anécdota” sin ataduras ni ideas preconcebidas. El mismo hecho de proponer éste enfoque lo considero una idea arbitraria y por tanto una imposición disfrazada de libertad e independencia. Pienso que la literatura actual vá más allá; no solamente niega la intención sino que excluye la forma literaria al punto de ignorarla y en casos particulares despreciarla. Sea como fuere, escribir continúa siendo una acto de inmersión, una exploración que si hoy la considero superficial ,porque no se atreve a bajar a “Las marianas”, continúa fomentando el esimismamiento del escritor. “Omniscientes somos todos” nos decía mi profesor de Literatura en la escuela, cuando se le preguntaba por el mejor modo de escribir una historia.
Probablemente este texto se convierta en una idea intrascendente o trasnochada, sin embargo será una transmisión de pensamientos y propuestas personales. Quien piensa que compartir o actuar en redes es una invención de esta postmodernidad no ha tenido acceso a información del siglo XIII hacia adelante. En plena guerra de los 30 años , siglo XVI, un hombre llamado Amos Komensky, Comenius en el latín académico, decidió ilustrar libros como estrategia para captar el interés de los estudiantes. Eran épocas en que se sobrevaloraba el memorismo. Su iniciativa resultó más que novedosa de tal manera que su segunda publicación: “Orbis pictus” (1596) transformó el mundo editorial y los recursos pedagógicos de aprendizaje. La abstracción exigida en los procesos de enseñanza encontró en la objetivación de la información, una aliada para la aprehensión y el conocimiento. El “Orbis pictus” se puede considerar como la primera enciclopedia escolar o el primer libro informativo ilustrado. Desde ese momento surgieron miles de “orbis pictus” en el mundo y los formatos de lectura informativa se perfeccionaron. Se estableció una feliz relación entre el artista y el escritor y surgió el oficio de la Ilustración y con éste los formatos de lectura más atractivos que la historia del libro pudo imaginar. Redes de profesionales, interconectividad y socialización de saberes actuaron como hoy en la transformación del libro como objeto. Lo que diferencia nuestra era del siglo XVI es la velocidad que ofrece la tecnología.
Sin embargo, escribir para compartir conocimiento o relatar una historia no es la primera intención de quien decide hacerlo. Un buen escritor necesita decirle al mundo lo que lleva adentro o lo que conoce en clave de verso o narrativa.Amos Comenius le dijo al mundo lo que pensaba de los métodos pedagógicos de la época y arremetió profesionalmente contra el memorismo mal entendido. Quien escribe sí tiene idea de lo que quiere, aunque sus métodos sean formalmente libres y espontáneos y se aleje de la forma arbitrariamente. Escribir siempre será esa ventana que para bien o para mal se abrirá “ai nuovi sogni” como cantaba en San Remo 56 Franca Raimondi: “abrid las ventanas a nuevos sueños”. Es curioso pero hay cierta atracción entre el acto de escribir y la música, ambas actividades tienen un ritmo, cuentan una historia y exteriorizan la condición humana, pero ese será un tema para un futuro artículo…

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